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Amores de leyenda



Historia de los amantes de Cáceres 

Corría el final del siglo XVI cuando en nuestra Ciudad Monumental se produjo un hecho, que unos decían ser verdad y otros leyenda, pero lo cierto es que el tiempo seguía pasando entre comentarios de las gentes por cualquier esquina o callejuela. Les voy a narrar esta historia, de una pareja de enamorados que vivieron sus sentimientos entregados a una auténtica relación pasional, como cualquier joven en cualquier época, aunque ignorando como el destino les había marcado para un luctuoso suceso, que dejaría inscrita su impronta en aquellos momentos medievales y de intrigas palaciegas. Rodrigo de Aldana, que así se llamaba el joven y apuesto caballero de noble abolengo e ilustre familia, vivía en la parte alta de esta antigua y centenaria ciudad y era  gran experto en el arte de las armas, no en vano había luchado en varias batallas para la defensa de la regencia de aquel tiempo. Como cualquier persona joven, rendía sus sentimientos enamorados a una bella doncella llamada Mariana de Ovando, que pertenecía igualmente a una noble familia y cuyo palacio y residencia familiar, se situaba en plena plaza de Santa María junto al templo que lleva mismo nombre. Muy a pesar de ellos no todo era dicha en su noviazgo, pues encontraban impedimentos para concertar sus encuentros, debido a la tensión existente entre ambas familias, que se remontaba a tiempos pasados. En ciertos momentos de la historia los nobles de esta ciudad, estuvieron enzarzados en disputas de linajes e intrigas palaciegas por fatuas envidias, hasta el punto que los propios Reyes tuvieron que intervenir desmochando sus almenadas torres a modo de castigo, y de esta manera apaciguar tales rencillas.
A pesar de todos estos impedimentos familiares, Rodrigo y Mariana querían vivir su amor con su particular forma de ver las cosas, ajenos a posibles rencillas familiares y desoyendo cualquier injerencia de ambas partes. Ellos buscaban siempre sentirse juntos para poder compartir sus sentimientos; pensaban que nada ni nadie en el mundo podría romper el lazo de unión que habían creado. Como no tenían otra alternativa sin que las familias entorpecieran sus encuentros, se citaban a hurtadillas detrás de la iglesia de Santa María buscando la complicidad de la noche,  junto al lateral de la torre redonda que se halla anexa al Palacio de Carvajal. Aprovechándose de tan recóndito lugar, dialogaban largamente ensimismados contándose sus enredos, absortos en sus asuntos en plena oscuridad, pasando de esta manera por dos seres anónimos a los ojos de los demás; sólo cuando aparecía la luna eran iluminados quedando al descubierto ambas figuras y de esa manera la blanca luz dejaba ver sus jóvenes rostros enamorados, al tiempo que adornaba de reflejos sus cabellos, creando un toque aún más mágico si cabe a su ilusionada cita. Así  pasaban las horas y los días contándose sus cuitas y sus amoríos. Era tan grande su amor, que superaban con su propia complicidad cualquier impedimento que les pudiera surgir. Siendo un noble caballero de armas, por obediencia y vasallaje hacia sus reyes, tuvo que incorporarse a las milicias, para librar batalla en defensa de los intereses del reino; mala contienda para él, porque la fatalidad y la celada que le había preparado el destino, hizo que cayera abatido con una herida mortal. Sintiendo la gravedad de su herida y que la vida se le 



escapaba, todavía tuvo aún fuerzas para recordar y nombrar a quien tanto amaba; las últimas palabras que sus labios pronunciaron mientras expiraba fueron para decir, el nombre de su dulce y amada Mariana. Un raro presentimiento tuvo también la joven doncella presagiando alguna posible fatalidad, en el mismo instante que él daba su último suspiro. No tardó mucho tiempo que un mensajero le notificara el triste desenlace. Ante el comunicado de esta presentida y terrible noticia, Mariana sintió como si la vida también se le escapara a ella, al tiempo que una gran pena invadía su ser y oprimía su pecho, haciéndola lanzar un desesperado quejido de dolor, cual daga que atravesara su enamorado corazón. Instintivamente subió a la torre del palacio, con la esperanza de descubrir en la lejanía la figura y el regreso de su amado caballero, pero no sucedió lo que ella pretendía intuir y tan sólo descubrió el vacío de un lejano horizonte; poco después la soledad comenzó a apoderarse de ella y en ese momento Mariana con gran tristeza, empezó a comprender que el destino le había jugado una mala pasada. Agachó la cabeza tristemente refugiándose en su ser, mientras sus grandes y bonitos ojos negros comenzaban a llenarse de lágrimas que rebosaban y corrían por sus sonrosadas y jóvenes mejillas; con gran pena y dolor asumió  que nunca más volvería a ver a su amado Rodrigo. El tiempo pasaba pero no había consuelo para ella; diariamente subía a su torre al atardecer, tratando de buscar alguna respuesta que nunca encontraba. Sólo la tristeza, el sollozo y las lágrimas, eran la escena que cada día se repetía; ni su lujoso palacio, ni sus grandezas, ni nada ni nadie, lograban que su vida tuviera un nuevo rumbo, porque la joven sólo vivía refugiada en sus dolorosos recuerdos. Pocos años después Mariana falleció, aún a pesar todavía de su juventud; las gentes contaban que no  había logrado superar la angustia que la embargaba y que esta podría haber sido la causa del  fallecimiento a tan temprana edad; quizás su enamorado corazón no pudo resistir la tristeza y la ausencia del ser amado.
Esta historia de amor fue contada por juglares en calles y plazas de nuestra Ciudad Monumental, narrando con singulares versos los hechos acaecidos. Prestad atención a la historia que os quiero contar, gritaban los juglares a los lugareños con viva voz, para luego pregonar las estrofas de la dama encantada.

- Es la historia de una dama,
que lloró desconsolada,
por perder a su amor en batalla
cuando estaba enamorada. 
- Cuentan que Rodrigo vuelve
a cortejar a su dama,
en noches de luna llena
debajo de su ventana.
- En un blanco corcel
dicen que juntos cabalgan,
que se pierden entre calles,
dejando una estela blanca...



 Algunos afirman que ciertos días después de la media noche, cuando reina un profundo silencio en la Plaza de Santa María, se puede escuchar entre el susurro del viento suspirar a la doncella en lo alto de la torre de su palacio. Dicen que luce un largo vestido blanco, con un fino tul que cubriendo su cabeza y el rostro, se desliza ondulante por su espalda movido por la suave brisa que sopla en lo alto; hay quien afirma que ese suave viento llega a descubrirla levemente, hasta poder contemplar su joven rostro con el resplandor de la luna. Vigilante en su torre, se asoma hacia la plaza en actitud de espera, observando cada una de las calles que allí desembocan, al tiempo que suspira y deja escapar tristes gemidos que cortan el aire rompiendo el profundo silencio de la noche. De pronto parece dirigir su mirada hacia la Cuesta de Aldana, pues por allí se oye ruido de cascos de caballo, que golpean el empedrado del suelo con un paso rítmico y tranquilo; no tarda mucho tiempo en desvelarse tal misterio, porque a la altura de la Casa de los Moraga que hace esquina con el Palacio de Mayoralgo, aparece en la plaza de Santa María, un blanco corcel envuelto en un halo blanquecino cabalgado por un misterioso jinete ataviado de las mejores galas; casco y penacho de plumas, escudo brillante, reluciente coraza, y una gran capa blanca bordada con cinco flores de lis como emblema de su linaje. En tanto el dócil equino resopla, cruza la plaza con suave y pausado trote,  acercándose a la torre donde se encuentra la dama. Se  cuenta como de pronto Mariana desaparece de lo alto de la torre, y que como caballo y caballero cruzan la plaza de Santa María alejándose hacia San Jorge. Mientras cruza esta y va ascendiendo por la Cuesta de la Compañía, se puede ver como la figura del jinete en su lento cabalgar, lleva a la grupa de su caballo una dama vestida de blanco, con un gran velo movido por el viento y que en tierna y cariñosa actitud se abraza al caballero por la cintura, apoyando la cabeza contra su espalda. Ya no queda ninguna duda que es el Caballero  Rodrigo, que en noche de luna llena ha vuelto a rescatar a Mariana, porque debía cumplir con su última hazaña. Se van alejando en su cabalgar, cruzando la plaza de San Mateo y perdiéndose por las estrechas calles de nuestra Ciudad Monumental, mientras la blanca luz de la luna ilumina con su resplandor a la joven pareja; la fuerza del amor ha hecho el milagro de esta unión. 
Se ha cumplido la leyenda de la lapidaria frase inscrita encima de la puerta principal del Palacio de los Ovando. “Veritas vincit”.

  Jomaroson  (c).
- Registrado: SafeCreative_ Copyright (c)
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Presentado el año 2.011 al concurso literario
 I Certamen de "Cuentos y Leyendas de Cáceres" premio Antonio Rubio Rojas.
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- Mi hija Marta me animó a escribir una historia para este certamen, y en 
unos pocos días con la premura de tiempo la presenté al concurso.
 Los hechos de este cuento leyenda, se desarrollan entre calles y 
palacios de la Ciudad Monumental de Cáceres 
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